Nunca fui una aventurera

Nunca fui una aventurera. Tengo miedo, la mayor parte del tiempo de la mayor cantidad de cosas. Pero un día fui Indiana Jones.

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Era el segundo día que estábamos en Taormina y el único de libertad –de esa libertad que tienen los pocos segundos no planificados de los tours organizados, donde uno quiere repentinamente hacerlo todo y al mismo tiempo–. Taormina es una ciudad ubicada en la costa este de Sicilia, sobre el Monte Tauro. Es el teatro greco-romano, la influencia de las civilizaciones que la dominaron, los jardines de magnolias, los cannolis. Pero es, sobretodo e insistentemente, un balcón. Un balcón inmenso desde el que se puede ver el mar Mediterráneo una y otra vez.

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Sin embargo, yo no quería sólo verlo. Quería (necesitaba) llegar a él. Había escuchado que, saliendo de nuestro hotel, se podía ubicar muy fácilmente una escalera para bajar hasta el mar. Esa tarde decidí administrar mi libertad en su búsqueda. Empecé a caminar hacia abajo hasta llegar a la ruta. Era angosta y la banquina tenía espacio para la mitad de una persona. Por un momento me imaginé caminando de costado; mejor, haciendo galope lateral como en las clases de gimnasia de la escuela y para llegar más rápido. Pero elegí caminar de frente, robarle un pie a la ruta y esperar no morir en cada curva.

Y así caminé. Y caminé. Nada. Nadie. Ninguna escalera y ninguna persona a quien preguntarle sobre escaleras. No iba a tardar demasiado en darme cuenta de que el Mediterráneo me provocaba. Lo podía ver desde todos lados, como una suerte de panóptico marino y aún así la única forma de acceder a él parecía ser tirarse desde la ruta y rodar por el monte hasta llegar. Tan aventurera no soy.

Volví unos pasos hacia atrás. Para ese entonces, ya me sentía un personaje de videojuego atrapado en el mismo nivel por siglos, caminando de un lado a otro por la línea de píxeles, sin encontrar nunca el pasadizo secreto. Hasta que escuché voces. Miré hacia abajo y vi una pareja que volvía del mar, a pocos metros de distancia. Los podía ver desde la banquina, caminando de forma paralela a la ruta. Siguieron en esa dirección por un rato y de repente giraron y avanzaron otro poco más hasta desaparecer debajo de la ruta.

Lo entendí todo recién unos segundos después, cuando los escuché atrás mío y los vi ingresando a un hotel. El pasadizo era privado. No sé qué habría hecho el personaje de un videojuego pero yo me acerqué. Un hombre estaba cerrando las rejas que conectaban el mar al hotel. Le pregunté si podía bajar por ahí. Hoy no me acuerdo qué palabras usé, ni qué palabras me dijo. En realidad recuerdo sólo una: pericoloso. La recuerdo porque me sonó graciosa, como el producto de quien quiere decir “peligroso” pero lo dice mal. “É pericoloso, molto pericoloso”. De alguna forma entendí que me ofrecía abrirme la puerta para que pase pero sin garantías de volver a abrirla a mi regreso. Tan aventurera no soy, pensé. Otra vez.

Y volví a la ruta. Fue en ese momento que vi cómo aparecía una cabeza y después un cuerpo (por suerte, unidos) desde la nada hacia la banquina. Y después otro y otro. Me acerqué, me explicaron. Para llegar al mar iba a tener que subirme a la pared del costado de la ruta, bajar por unos fierros sueltos y oxidados con pretensiones de escalera y pasar por debajo de las vías del tren. Sonaron las primeras notas de la banda de sonido de Indiana Jones. En mi cabeza, claro. Quizás sí soy un poco aventurera, pensé. Y desaparecí por abajo de la ruta.

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