Capilla del Monte y la maldición de Viarava

Hoy me levanté con ganas de estar en Capilla del Monte. Un poco por eso y un poco porque siempre tomo mate, recordé la maldición de Viarava. Dejenme que les explique.

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Tengo un mate preferido. De calabaza, con un dibujo en un frente trabajado con técnica de calado (aunque probablemente no se llame así la técnica y estoy avergonzando a todos los artesanos del país *creía que el país la leía*). Al grano, antuz.

Resulta que el mate en cuestión vive en mi trabajo, en algún rincón del escritorio. En este momento convive con una taza, un salero, un difusor vacío, un taco, unos papeles, revistas de viajes, más papeles. Nunca lo guardo, así que disfruta de una existencia al aire libre (con toda la libertad de aire que puede tener al interior de una oficina). En este momento está sucio, en el mismo estado en que estaba el día de la maldición de Viarava.

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Ese día había llegado a la oficina dispuesta a lavarlo (prioridades). Le vacié las mateadas del día anterior y lo llevé al baño. Ahí, mientras lo lavaba en la pileta, la vi. Una marca calada en la base del mate. Unos símbolos. Blancos. Los miré varias veces. Volví a la oficina.

-Eso no estaba ahí.

-No, Anto, dale. ¿Cómo que no?

-Te digo que no. Acaba de aparecer.

-No puede haber aparecido de la nada.

-No. O sí. No sé.

Estaba justo en ese momento en que te seguís riendo de la boludez que estás diciendo pero cada vez con más tics nerviosos. Porque no crees, pero un poco sí. Y los fantasmas y las maldiciones y los vudús en forma de mate. Mientras se te desajusta la cara, tratás de entender los símbolos que fueron carvados con un cuchillo filoso en la madera por alguna entidad maligna con rabia y sangre y hechizos. Se acaban de volver negros.

¿Qué dice? ¿Vinrava? ¿Viqrava? ¿Viargva? ¿Uiaraua? Viarava. Dice Viarava. Ya está. Si sabés el nombre del hechizo, podés buscarlo, saber qué te espera, prepararte, armar una lista (pará, Anto). Bueno, al menos podés saber cómo vas a morir y todo eso.

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Así que abrís Google. Google. No es joda. Te están por revelar el secreto de tu muerte. Y lo va a hacer Google y las multinacionales y el capitalismo. Tu muerte. Tecleás “Viarava” con solemnidad (mentira, todo esto lo hace tu amiga con vos atrás que seguís riendote con tics nerviosos mientras por tu masa encefálica cruza un pasacalles que dice “vas a morir, vas a morir, vas a morir”).

Buscando. Pensás que si estuvieras en la época del dial-up seguro te morías antes de que el navegador te tirara la posta de tu muerte. Quizás era mejor.

Hoy no. Hoy en 0.31 segundos Google te devuelve 19600 resultados de posibles muertes. Ahora estás pensando que quizás morís antes de dar con el resultado de tu muerte pero esta vez gracias a los avances tecnológicos.

¿Qué esperan ustedes? Porque yo esperaba que el resultado 1/19600 se titulara “La maldición de Viarava – Cómo revertirla en 3 simples pasos – Ehow”. El resultado número 2 podía ser un tutorial de Youtube para simplificar el procedimiento. Lo hubiera elegido. Uno no puede andar interpretando instrucciones escritas cuando se trata de revertir la propia muerte. Además, una vez resuelto el caso, podía escribirle un comentario de agradecimiento al autor del tutorial, darle un like. Mandarle bombones, algo.

Pero los resultados de Google fueron otros. La buena noticia: no me iba a morir. La mala noticia: no iba a ser inmortal (en algún momento entre los demonios y Google había flasheado piedra filosofal, pero no).

Resultado 1/19600: Cooperativa Viarava – Capilla del Monte. Resultado 4/19600: Uritorco – Wikipedia, la enciclopedia libre. Y entonces me acordé.

El mate lo había comprado hace años en un viaje a Córdoba con mi familia. Viarava, que al final no es ninguna maldición, es el nombre originario del cordón montañoso que hoy se conoce como Sierras Chicas. Su cumbre máxima es el Uritorco y probablemente haya sido en su base donde lo compré, en algún momento entre perder los pulmones en la subida o las rodillas en la bajada. O quizás mientras buscaba ovnis, no lo sé.

Viarava, que al final no es ninguna maldición, es donde me teletransportaría todos los días, con el termo cargado y un mate de calabaza bajo el brazo. Y viva.

 

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