El día que no visitamos la Alhambra

Abro Twitter porque me mintieron. Estoy sentada en el bus C30 de Granada con la vista clavada en el celular y V. está sentado detrás de mí. Abro Twitter y busco “Alhambra”. Cinco minutos atrás le pregunté al conductor si subía a la Alhambra. Me respondió que sí, que subía la cuesta hasta la Alhambra. Pero que la Alhambra estaba cerrada a partir de esta mañana.

¿Qué?

En ese momento, me quedé quieta. Sin subir al bus, pero sin irme tampoco. Necesitaba esa inmovilidad para digerir las palabras. Mientras estaba en ese trance, una mujer de pelo corto subió al colectivo y me confirmó la noticia. Me dijo que ella trabajaba en la Alhambra y que la noche anterior se había publicado en Twitter que cerraría a partir del 13 de marzo. Hoy.

Granada y la Alhambra vistas desde el mirador San Nicolás

Tengo ese ticket en mi bandeja de entrada desde el año pasado. Recuerdo la primera vez que escuché de sus palacios, sus jardines, su fortaleza y me encontré preguntándome cómo sería habitarla. Cómo habrá sido en sus distintas épocas históricas: desde que se tiene constancia de su existencia, en el siglo IX, hasta su período de mayor esplendor como residencia real de los nazaríes en el siglo XIII. Me pregunté por los cambios que vinieron después, cuando en la época de los Reyes Católicos se demolió una parte y se construyó otra. O cómo habrá sido cuando se voló parte de su fortaleza o cuando fue abandonada hasta el siglo XIX, momento en que comenzó su restauración y conservación. A pesar de la cantidad de años que separan un evento del otro, los imagino superpuestos, conviviendo entre los arcos y las fuentes, desvaneciéndose y resurgiendo de forma intermitente.

Recuerdo la primera vez que escuché de su ubicación estratégica en una colina de Granada, al margen del río Darro. Si la historia de la Alhambra justifica de forma racional el deseo de visitarla, las palabras “colina, río, palacios, jardines, arcos” operan de una manera inconsciente, como si juntas fuesen un canto de sirenas que hipnotiza y convence.

Todo esto explica por qué esta mañana me desperté con esa mezcla de entusiasmo y nervios que demandan las cosas importantes. Elegí la ropa de mi valija como si hubiera sido invitada a un baile real en el palacio nazarí. Compramos facturas gigantes, como si nos hubieran encomendado la tarea de alimentar a toda una dinastía, y las masticamos sin dejar de caminar. Cuando llegamos a la parada, ya estaba el bus en el que ahora viajamos aunque el conductor y la trabajadora de la Alhambra nos hayan dado motivos para no hacerlo. Necesitamos ver la Alhambra cerrada con nuestros propios ojos.

Abro Twitter. Me mintieron, vuelvo a pensar. Debe ser una joda para Videomatch o para algún otro programa de bromas de los noventa. Abro Twitter porque trato de pensar que están todos equivocados. Que el conductor me engañó, que la trabajadora de la Alhambra se confundió. ¿Qué sabe ella que trabaja ahí todos los días? Seguro está abierto. Aunque sea alguna parte, un metro cuadrado, un pedacito de jardín. Algo. 

Encuentro el perfil “Alhambra de Granada” y veo la última publicación: 12 de marzo 5.32 pm. “#Covid_19 | Como medida preventiva, permaneceremos cerrados al público desde mañana, 13 de marzo. Rogamos seguir recomendaciones de @AndaluciaJunta y @saludand”. 

Hoy.

Me doy vuelta y le pongo el celular en la cara a V. Lo mira, corre la vista y vuelve a mirar por la ventana. No decimos nada. Nuestro silencio es un pacto implícito, un mecanismo para esconder cualquier mueca de tristeza. No queremos dramatizar lo que nos toca en esta situación porque sabemos que es bien poco. 

No me mintieron. Y con las ganas que tenía de que lo hubieran hecho

El bus nos deja delante de un bar cerrado. No entendemos hacia dónde hay que ir, así que caminamos en la dirección que va la gente. Es una cuesta rodeada de paredes rojizas con árboles secos y vistas a unas casas pintadas de blanco. Al rato nos damos cuenta de que la cuesta nos aleja de los palacios y volvemos para atrás. Insistimos. Dónde está esa Alhambra. 

En el camino sacamos fotos. Nos cuesta desinstalarnos el chip de turista e insistimos con fotografiar aún cuando no tenemos ganas de hacerlo. No me siento cómoda apareciendo en las fotos.  Me siento ridícula con mi remera dorada, me siento ridícula cada vez que finjo una sonrisa o cada vez que miro al horizonte para que no se note la cara de decepción. A veces la hago posar. Mi cara de seriedad solemne me resulta cómica.

Al rato, llegamos a una plazoleta de cemento con árboles flacos y algunos bancos. A un costado hay una edificación que sirve de oficina de información turística. Los empleados de la Alhambra atajan turistas solitarios, parejas, guías de agencias. Mantienen un rostro calmo y tenso a la vez, como a quien le cuesta meditar pero deja la vida en ello. Imagino el hastío que deben sentir de que esto recién empiece. De que los espere todo un día de quejas, gente decepcionada, miradas que parecen acusarlos de haber creado el COVID-19. Los veo repetir lo mismo una y mil veces cuando una chica se queja y levanta el tono de voz hasta el punto en que ya no es spoiler decir que va a pedir la presencia de un supervisor. Por nuestra parte, preguntamos cosas que ya sabemos, averiguamos gestiones que no nos interesan y deambulamos entre personas que deambulan. Deambulamos todos.

Antes de irnos, veo que hay unos baños abiertos. Que sean lo único que está abierto hace que los encare como si fueran una excursión. Como si hubiera agendado este día para ir a visitar inodoros y canillas nazaríes. Pienso que lo único bueno de no poder ver lo que uno quería ver es que no le queda otra que ver lo demás. 

Pienso también en lo que dejé de ver cuando miraba Twitter unas horas atrás. Pienso en que no me acuerdo de cómo era el bus, de cómo eran las calles por las que circuló, de cuántas personas viajaban ahí. Pienso en que esa abstracción de la realidad, ese estar en el medio de la acción sin verla, es lo que hizo que una pandemia pareciera lejana hasta este momento. Pienso en todo lo que bloqueé y en lo que ya no puedo bloquear más.

Hoy es 13 de marzo y esto está pasando de verdad.

*

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Este post está inspirado en una de las consignas de cuarentena de @losviajesdenena: ¿qué estabas haciendo cuando todo esto se volvió real?

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