Y vos, ¿querés?

Lo agradecen, lo ríen, lo nombran mágico. Lo preguntan. Lo huelen. Está ahí, quieto. Con su yerba y su agua humeante, con su espuma y bastones flotantes, con su azúcar y edulcorante y stevia y yuyos y cáscaras de naranja. Está ahí e intriga. Y lo que intriga, despierta.

Me moría por un mate. Pero estaba en Sicilia, y sola, y qué pensarán y qué piensan. Me senté en una plaza y saqué y preparé todo con timidez. Alrededor todos parecían ser locales; unos se manifestaban contra Boko Haram con carteles y altavoces, otros charlaban entre sí y otros simplemente circulaban.  Y yo ahí, desplegando mi yerba misteriosa.

Una señora flexiona las piernas y se agacha lentamente con mirada acusadora. Cual Sherlock Holmes de los objetos no identificados, asoma la nariz al mate. Me sorprende el esfuerzo y el tiempo que se toma al frenar su caminata y lograr que su nariz quede a la altura de la vereda. La contorsión le dura poco. El mismo tiempo en que tarda en relajar todas sus facciones y mirarme como quien recobra la fe en la humanidad. Ah, es como té. Lo dice y se va.

Cebo otro. Qué es. Esta vez el acercamiento es amable, curioso. El que hace minutos hablaba por altavoz, se pone en cuclillas pero no pega la nariz al mate. Le explico. Se sorprende, sonríe. Parece no entender por qué se toma así, pero no lo pide y yo no lo ofrezco. Antonella, te doy la bienvenida a Sicilia. Y después de recibirme oficialmente en estas tierras, se aleja y vuelve a su grupo.

Como porteña, mi relación con el mate es tardía. Años y años de decir no, gracias, no tomo, no, en serio, gracias, no quiero, no, no me gusta, lo odio, lo aborrezco, vivan las chocolatadas, cafés-tés-capuchinos del mundo, uníos. Después de liderar la liga anti mate toda una vida, el trabajo me encuentra con placebos que consumir socialmente y descubro que la bombilla sigue ahí. La miro con desconfianza y la evito hasta que finalmente cedo. Y ahí nomás la acepto, la incorporo y la abrazo. Les voy a ser sincera: todavía no sé si me gusta el mate. Pero es calentito y dulce (sí) y conector. Es el facebook del cara a cara, que no sabe de registros ni de fotos de perfil, pero sí de compartir -y mucho-.

Uso mi frase de cabecera para ofrecerlo (¿querés? está medio lavado y horrible y feo y despreciable, pero ¿querés?) y una ecuatoriana me lo agradece como si acabara de hacer una cheesecake de maracuyá o un pollo con champignones. En la entrada del Vaticano, mi amiga Sofía vacía la yerba en un tacho y un par de boy scouts se acercan a preguntar. Qué es. Mate->Argentina->Papa. Sonríen, casi como si Messi y Maradona hubieran quedado opacados en el espectro de sinónimos de lo argentino. El lugar era propicio, es cierto.

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Otra vez, estoy en un camping y alguien se acerca y lo pide. Y el mate nos lleva al guiso compartido de ese alguien, y el guiso a una fogata, y la fogata al karaoke improvisado de un chico que a falta de guitarra se arma de un termo y un palito y entona (o algo así) un repertorio cumbiero-melódico-rockero que dura toda la noche. Y lo sé porque, aunque me aleje y vea una vaca al lado de la carpa y no me importe y me vaya a dormir lo mismo, no puedo dormir porque la fogata a la que nos había llevado el guiso al que nos había llevado el mate, sigue. Y sigue hasta que se escucha una explosión (¿alguien habrá revoleado el termo al fuego?) y Abel Pintos y los Pibes Chorros se desvanecen, igual que yo.

No importa dónde. Si conozco o no a las personas con las que lo comparto. El gesto es simple y eficaz, un generador manual de sonrisas. Estoy segura de que en ese acto alguna barrera se rompe. No sé bien cuál, pero se la escucha crujir y caer. Y eso, bueno…eso es tan lindo.

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