No crecerás

kensington gardens

Leí algunas páginas de Jardines de Kensington, de Rodrigo Fresán, mucho antes de pensar que algún día iba a viajar a Londres y visitarlos. Y sí, digo “algunas páginas” porque, cuando un libro me gusta, hago siempre lo mismo: no terminarlo (o al menos no hacerlo pronto). Dejar que se vuelva borroso, llegar a olvidarme de qué se trataba y por qué lo dejé y luego retomarlo (y volverlo a dejar y así cuantas veces sea necesario).

En cuanto a los jardines, bueno…de algún modo, siempre quise conocerlos. Ni siquiera sé por qué. Tampoco sé cuándo el nombre Kensington Gardens empezó a ejercer esa atracción extraña que tienen los lugares que no nos explicamos por qué, pero sabemos (realmente sabemos) que queremos conocer. A veces pienso que el secreto está en sus letras (pienso, en serio, que Kensington es una combinación hermosa de grafemas y fonemas y que sólo le faltaba un Gardens que la acompañara para terminar de ser perfecta -amo los jardines-).

Otras veces arriesgo otra hipótesis. Una un poco más lejos de la gramática y un tanto más cerca de los deseos de infancia eterna. Es que me olvidé de decirles -¿cómo pude?- que si hay algo que hace especial a los jardines de Kensington (y no, no es el palacio) es que en ellos está Peter Pan. Bueno, la estatua de Peter Pan. J.M.Barrie, el autor del libro, la mandó a construir a George Frampton y fue ubicada en los jardines en 1912. Y pienso que quizás el efecto de atracción aparentemente inexplicable de Kensington Gardens finalmente esté ahí. En la estatua de bronce que no ocupa más que una diminuta parte de las 260 hectáreas del lugar.

peter pan 2

Hay algo en la tan inocente e infantil -como diabólica y genial- idea de erigir un monumento a un personaje imaginario. Exhibir su trauma al mundo para contagiarlo -y de paso poner así en evidencia la torpe ficción de todas esas estatuas de reyes, almirantes y dioses verdaderos pero falsos- que me obliga a volver una y otra vez a este monumento público de una divinidad privada. A mirarlo desde todos los ángulos posibles. A interrogarlo. Y, sí, la estatua de Peter Pan -más allá de su infidelidad al ideal de Barrie- es una de las pocas estatuas que no miente, que no sabe mentir (Jardines de Kensington, Rodrigo Fresán).

No podría decirlo mejor que Fresán. Ahí está Peter Pan, con todo su imaginario y su síndrome y sus obsesiones. Y acá estamos, con ese imaginario y nuestros síndromes y nuestras obsesiones.

No crecer. Debo admitir que el primero en generar(me) esto fue El Principito (perdón, Peter, no es lo que parece). “Para Anto: Porque todos tenemos un niño adentro”. Eso escribieron mis papás en la primera hoja de El Principito, cuando me lo regalaron a mis 7 años. Claro que, el 2 de marzo de 1997, cuando por primera vez recorrí sus páginas, jamás hubiera pensado que este síntoma crecería con el paso del tiempo –¿crecerá sólo él o creceré también yo?-.

Muchos años después, descubrí a El Principito escondido en mis estantes y no pude atravesar más que la primera hoja antes de que una profunda desesperación me invadiera. “Eso es un sombrero”, pensé. Y Antoine de Saint-Exupéry me respondió con el dibujo de una boa abierta y una acusación interminable: “las personas mayores nunca comprenden nada por sí mismas”. No me aterraba no comprender. Me aterraba ser mayor. Me aterraba que el principito volviera de su planeta tan sólo para gritarme con rencor: “¡Hablas como las personas mayores!”. Pero me aterraba aún más que, con mi respuesta, yo lo despidiera –y esta vez sí, para siempre- argumentando mi falta de tiempo para ocuparme de esas cosas. Que yo, una mujer seria, me ocupo de cosas serias.

Lo cierto es que el principito nunca apareció. Y yo, en respuesta, me refugié en Harry Potter y me pregunté si yo también recibiría una carta de Hogwarts y me preparé una eventual respuesta para una eventual visita de un principito con eventuales reclamos. No soy una persona mayor. No, te digo que no. Sí, ya sé que no entendí lo de las boas abiertas y cerradas pero te juro que todavía planeo descubrir la plataforma 3/4. Y que el sombrero seleccionador me diga que soy de Gryffindor. Sí, sí, eso también. ¿Ves que no soy mayor? ¿Lo ves?

¿Lo entenderá? ¿Dejaré de crecer, entonces?

 
Vuelvo a los jardines. Vuelvo a Peter Pan -a esta altura se me antoja una suerte de santuario, el gauchito gil de los que no queremos crecer-. Vuelvo a Barrie y a la voz que le da Fresán. Vuelvo y despejo algunos temores. 

 

El momento más terrible de mi infancia aconteció al comprender que llegaría a una edad en que me vería obligado a abandonar los juegos (este dolor terrible vuelve a buscarme en mis sueños, donde me descubro jugando y siendo observado con reprobación por los adultos); así que fue también entonces cuando comprendí que debería seguir jugando, pero a escondidas.

 

Peter Pan, ¿me ayudás? 

 

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