Wingardium Leviosa

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Londres: jamás creí que fuera a extrañarla nunca. Cuando llegué a la estación de trenes Victoria, estaba sola, perdida y venía de una semana en Montalto, donde todo había sido familia, verde, tranquilidad y ñoquis. Encontrarse con Londres era encontrarse con una ciudad otra vez. Con personas apuradas que caminan en direcciones opuestas, con empujones, con valijas, con autos, con colectivos. Con ese modo particular que tienen las ciudades para atraparte y soltarte, sin hacer pausas entre un momento y el otro. En el corto tiempo que estuve ahí, Londres fue muchas cosas. Pero hoy siento la necesidad de hablar de sólo una. La más esperada, ñoña y feliz de todas: mi visita a los estudios de Warner Bros- The Making of Harry Potter.

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Miento si digo que empecé a leer Harry Potter a los once años. Miento, también, si digo que no lo hice. Lo cierto es que no recuerdo cuando fue que este libro llegó a mis manos. Pero sí sé que fue cerca de esa edad. Y no lo sé por una cuestión de edades, números, años que pasan, calendarios, relojes corriendo con agujas corriendo adentro de ellos y esas cosas. Lo sé porque recuerdo haber sentido una conexión con la historia que sólo podría lograr a partir de una franja etárea harrypottense. Harry festeja sus once años y en el mismo momento recibe una carta para ingresar a Hogwarts, colegio de magia y hechicería. A partir de ahí, es todo magos, brujas, bosques prohibidos, castillos, plataformas 3/4, varitas ollivanders, lechuzas, escobas Nimbus 2000, Diagon Alley, Voldemort, Harry, Hermione, Ron (y la forma fonéticamente dañina en que pronunciaba cada uno de estos nombres).

El Profeta Junior fue uno de los primeros intentos periodísticos que haría (muchísimos años antes de saber que iba a estudiar Comunicación). Bastaba apilar los libros en la entrada de casa y empezar a idear y escribir el contenido del “diario” con mis primas y mi hermano. Inventábamos todo el tiempo. Bueno, hoy puedo decir que “construíamos sentido”. Recreábamos los diálogos una y otra vez. *¡Caracoles hervidos, eres Harry Potter!* *Es cierto, lo que decían en el tren, Harry Potter ha venido a Hogwarts.* *Nadie agitará sus varitas ni hará encantamientos tontos en esta clase.* *Es leviosa, no leviosá, ahora entiendo por qué no tiene amigos.* Y así…la lista sigue. Jamás creí que iba a caminar por el Callejón Diagon. Que iba a pisar la sala común, volar en escoba, tener el castillo enfrente mío. Si hubiera estado sola, me hubiera puesto a llorar sin reservas. Pero como había demasiada gente alrededor sólo lloré con reservas (o lo que sea que eso signifique).

El inicio del recorrido muestra imágenes donde escenas de todas las películas se alternan con la presencia de Harry, Ron y Hermione invitándote a entrar al castillo. Termina el video y miro a la puerta que hay al costado de la sala, esperando que la guía la abra. Pero no. En su lugar, se levanta la pantalla y uno queda frente a … Hogwarts. Me quedo paralizada, enrollada en entusiasmo, emoción, alegría, sorpresa, infancia, adolescencia y adultez, todo al mismo tiempo. La puerta de Hogwarts se abre y ahí está el Salón Común, con sus mesas, su atrio y los vestuarios de todas las casas. Doy vueltas por el mismo lugar unas mil veces hasta que nos invitan a los rezagados a corrernos de una vez y continuar el recorrido.

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Ocho horas. Sin cansarme, porque todo, absolutamente todo es interesante. No había tomado consciencia de todo lo que implica una película hasta que vi todos los artefactos: la puerta de la Cámara Secreta, las estatuas del ajedrez tamaño real, el hipogrifo exageradamente realista, la copa de las tres casas, el huevo, el iluminador, la entrada de Gringotts, el carro de Gringotts, las pinturas, el mini Voldemort mecanizado. Siempre creí que todo había sido hecho digitalmente. La dimensión del trabajo me sorprendió (y me reconcilió con el mundo audiovisual). Simplemente increíble. Uno aprieta un botón y el hipogrifo levanta la cabeza para mirarte o las agujas de la Madriguera empiezan a tejer solas. El pensadero y sus frascos, las máscaras, las pelucas, el reloj de los Weasley, la escultura del Ministerio. Me siento como si tuviera once años en todo ese mundo, mientras el muñeco de los gemelos se pone y saca el sombrero en el callejón.

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La simulación de vuelo en escoba me hace dudar. Estoy sola y la vergüenza y bah. Que no se vuela en una Nimbus 2000 todos los días. Así que aplico el mejor lema alguna vez enseñado por lección papal (o sea, por mi viejo) en uno de mis ataques de timidez: que todo te chupe un huevo. Y ahí estoy, atravesando las calles de Londres con escoba y copa, volando sobre el Hogwarts Express, esquivando colectivos, gritando “victoria”. C, lo que es casi lo mismo: moviéndome como una desquiciada encima de una escoba mecánica con un fondo verde mientras un empleado del estudio me dice qué caras y poses poner. No importa. A los fines del DVD que no compré, volé y todo eso.

Cerca del final del recorrido, uno entra en una sala de maquetas mientras la audioguía le anticipa que está a punto de ver algo increíble: la maqueta de Hogwarts con la que se filmaron las primeras seis películas. Me desilusiono un poco. Es una miniatura hecha en cartón blanco. Todavía me estoy rompiendo la cabeza para entender cómo pudieron hacer de eso, el castillo de las películas, cuando entro en una sala y me quedo muda. O mi cerebro se calla, porque estaba hablando solo. Ahí, enfrente, la verdadera maqueta. Gigante, hermosa, idéntica.

Rodeo el castillo bajo la luz azul y paso a la siguiente sala. Estoy en eso de intentar esconder las emociones cuando, justo enfrente, y antes de la salida, veo una pantalla con una frase de J. K. Rowling.

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O, en criollo: “Las historias que más amamos viven en nosotros para siempre. Vuelvas por página o por la pantalla grande, Hogwarts siempre estará ahí para recibirte”.

Seguramente llegue al tope de mi ñoñez con esto pero: realmente fue mágico.

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