El 25 de mayo que nunca fue

San Antonio de Areco, hace algunos años.

ARECO1 (1)

Es sábado. Está nublado, hace frío y son las siete de la madrugada. Si estoy parada en la terminal de Retiro con una amiga, es únicamente porque estoy convencida de que perderse un 25 de mayo en San Antonio de Areco debe ser imperdonable –casi un pecado–. Y porque, claro, también logré convencerla a ella de eso. Imaginamos jineteadas, guitarreadas y mateadas. Nos vemos peleándonos con las multitudes para no perdernos nada del festejo.

La realidad nos abofetea dos horas después, en una ruta neblinosa y desierta. Nada, nadie. San Antonio de Areco es una ciudad ubicada a 113 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Nace en torno a la capilla que José Ruiz de Arellano construyó en 1728 para cumplir una promesa a San Antonio de Padua, ante el cese de los malones. Veintidós años después, Arellano dona parte de los terrenos que había adquirido por prestar servicios a la Corona española, dando origen a una ciudad que empezó con una veintena de colonos y hoy cuenta con alrededor de 21 mil habitantes. Pero mientras caminamos por la calle Don Segundo Sombra, me pregunto dónde se habrán metido todos. En la plaza principal, seguro. Ahí sí, pienso, habrá gente, y música y pastelitos. Segunda bofetada de la realidad: la plaza Ruiz de Arellano está igual de tranquila que el resto de Areco y lo más parecido a una chacarera que logramos escuchar es el canto repetitivo y cansador del bicho feo.

Pero si la quietud había sido una permanente hasta el momento, todo irá adquiriendo más velocidad en cuanto pisemos la plaza. Son dos. Nos empiezan a seguir. No nos molestan pero preferiríamos no tenerlos atrás así que intentamos perderlos. Caminamos de una punta a otra de la plaza sin éxito, nos alejamos y frenamos ante una zapatería para que sigan de largo. Pero ahí están. Ahora son seis y vamos de una esquina a la otra intentando escaparnos mientras ellos se multiplican. Si alguien me pidiera que describa San Antonio de Areco en una sola palabra, esa palabra sería “perros”. Perros y más perros. En la esquina, un hombre de traje amarillo nos mira recorrer la misma cuadra tres veces seguidas. Me pregunto si pensará que estamos queriendo conocer San Antonio de Areco en profundidad o que simplemente somos unas idiotas, pero su risa me responde antes de que pueda siquiera darme cuenta de que estamos rodeadas por un total de diez perros que se disputan una hembra en celo entre nuestras piernas.

Otro señor nos observa caminar con nuestra jauría de perros. Freno y le pregunto si tienen alguna técnica para sacarse a los perros de encima. Se ríe. Me dice que es imposible, que siguen a todos los turistas. Y que, claro, un sábado nublado y frío a las diez de la mañana, nosotras somos las únicas extrañas en todo Areco. “Una vez, vi a una turista llorando con su campera rota porque un perro se le había colgado encima”, nos dice para tranquilizarnos. Le pregunto si es de Areco y me dice que no, que vive acá desde hace veintisiete años. “No es lo mismo. Te lo hacen notar. Acá tenés que ser NyC (nacido y criado)…este es un pueblo muy conservador”. Tiene una cicatriz debajo del ojo derecho y una mirada amistosa. Habla como quien no tiene ningún apuro. Le confesamos nuestra sorpresa ante la quietud del lugar, pero será recién más tarde cuando la resignación nos lleve a buscar el espíritu patriótico con el paladar. Pastelitos, al fin. 

ARECO6

“El Batará” es un almacén de ladrillos, con cuatro fardos en la vereda , dos mesitas de chapa y montones de quesos. Un señor flaco de bigote, anteojos y boina aparece detrás de una puerta. El buzo polar azul que usa debe ser al menos dos talles más grande que el suyo porque, mientras nos sirve el chocolate y prepara los pastelitos, se lo arremanga unas cuantas veces. Creyendo justificado nuestro día patriótico, nos sentamos a comer afuera a la luz de las nubes. Enfrente, un local de puertas verdes y rojas lleva escrito en letras grandes Indio Muerto Cabeza Abajo. Semejante nombre merece una explicación. Y, según su dueño, la tiene: al parecer en el año 1615, el Capitán Antón de Areco se propuso liberar la zona de los pampas, quienes merodeaban por la zona para intercambiar sal por aguardiente y potrancas. Uno de los indios, asesinado y enterrado cabeza abajo por no ser cristiano, apeló al dios del mal Gualichu para arruinar la fiesta de la tradición que se celebra cada 10 de noviembre desde 1939. Año tras año, mientras las lluvias desbordaban el río y el evento más esperado del pueblo se suspendía, los gauchos se lamentaban y decían: “es el indio enterrado cabeza abajo”. Nos despedimos sin poder distinguir el momento exacto en que terminó la historia y empezó el mito.

Pienso si el dios Gualichu habría retornado, esta vez para cancelar el 25 de mayo, cuando de repente vemos un tumulto de personas alrededor del mástil. Unas nenas de trenzas y vestido blanco corren de un lado a otro, mientras otros nenes con poncho se preparan para entrar en escena. No nos quedan muchas horas en Areco pero es probable que el ambiente ya nos haya contagiado, así que nos tomamos todo con calma. Mi porteña interior me apura pero la dejo hablando sola. Un carnavalito, un cielito y una chacarera. Los nenes bailan mientras esquivan a los perros. Un “viva la patria” precipita el final del acto, que termina muy pronto, como si se hubieran arrepentido de hacer el festejo a mitad de camino.

ARECO2

ARECO3

Construido en 1857, el Puente Viejo comunica ambas costas del río Areco. Lo cruzan personas y personas a caballo. Y nosotras, que transitamos otros trescientos metros hacia la Pulpería La Blanqueada. No vamos a buscar provisiones, la pulpería ya no está en funcionamiento. Aunque el gaucho a bicicleta que acaba de pasar quizás no lo sepa. Entramos al lugar que el escritor Ricardo Güiraldes eligió como escenario para el encuentro entre Don Segundo Sombra y el “tape” Burgos. Pero donde antes estaban el pulpero y los parroquianos de confianza, hoy hay muñecos de cera con botas y chiripá. Se los puede ver inmóviles detrás del mostrador enrejado. La pulpería se encuentra en el predio del Parque Criollo y Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes. Si bien se funda en 1938, el museo es una réplica de una estancia de 1700. Cruzamos el foso de agua que la rodea por un pequeño puente hecho de troncos. De las paredes del museo, cuelgan pajareras de madera. Las rejas que cubren las ventanas tienen la flor de lis en su centro, símbolo de la casa del rey de España. Ariel, nuestro guía gaucho, nos habla sin apuros. Tiene un pañuelo blanco alrededor del cuello y un poncho doblado prolijamente colgando de su hombro izquierdo. Nos cuenta que el techo está hecho de troncos de palmera atados con tientos, lonjas de cuero vacuno cortadas en espiral. “¿O vieron alguna vez una vaca de diez metros de largo?”, sonríe y mira a los más chicos del grupo mientras mueve los brazos y les enseña a cortar el animal.

ARECO4

ARECO5

Alguna vez escuché decir que, así como nosotros sólo podemos percibir un blanco, los esquimales pueden distinguir cientos de ellos. Cuando escucho la cantidad de sinónimos que tiene la palabra “caballo” acá, me doy cuenta que estoy frente a un fenómeno parecido. Pingo, flete, chuzo, matungo, bichoco, mancarrón, sotreta. La tropilla, característica del Río de la Plata, nace como una necesidad del gaucho de arrear a sus caballos. “Honrar nuestra tradición es parte de nuestro futuro”, reza el cartel de entrada a Areco. Y los veinte caballos criollos que tenemos enfrente y los dos gauchos encargados de mantenerlos cuidadosamente alineados, son un ejemplo de eso. El primero de ellos es un señor grande, cómodo, desprolijo, de andar tranquilo. El otro transmite quietud hasta en la manera relajada en que fuma arriba del caballo, pitando despacio y mirando con ojos desconfiados a los turistas. Me pregunto qué se les pasará por la cabeza cada vez que se enfrentan con un grupo que los mira como una pieza en exposición. 

El gaucho no existía”, afirma Ariel y todos lo miramos incrédulos. Y agrega:

-No se lo bautizaba. Y si no se lo bautizaba, no existía. No se lo regularizaba porque servía. El estanciero no usaba esclavos para trabajar con la hacienda porque era arisca, mala, cimarrona y con cuernos largos. Si se me lastimaba un esclavo, valía cincuenta vacas. ¿Cuál era la mano de obra barata que nadie iba a reclamar? ¡El gaucho! Se moría, se estropeaba…que quede a la buena de Dios.

Pienso si alguien se animará a gritar “¡viva la patria!” después de esto. Ariel nos mira, hace una pausa y toma impulso:

-¡Viva la Patria!

“¡Viva!”, respondemos. Che, que después de todo, es 25 de mayo.

*

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s