La gallina, el collar y los reencuentros

Sin título

Me acordé del reencuentro que vi en El Bolsón cuando iba a Esquel ahora que voy a Santa Teresita. Me acordé del reencuentro porque vi una despedida. Pero una feliz, alegre, calurosa -y siento que, sí, tengo que aclararlo porque “despedida” suena a llantos y pañuelitos volando o sonando mocos o algo así bien malo y depresivo (?)-.

Estoy sentada en el micro a Santa Teresita, después de haber corrido de plataforma a plataforma. Y digo correr pero les miento porque fue un transitar muy lento entre cuerpos. Un transitar de precisión que calculaba el espacio libre disponible en relación a mi cuerpo-mochila-morral-bolsa como si estuviera jugando a armar uno de esos rompecabezas de mil piezas en un Retiro de 36° de sensación térmica. Pero ya estoy en el oasis de aire acondicionado y me relajo y miro por la ventanilla. Y encuentro la cara de preocupación y búsqueda del que se quedó en tierra firme (porque estabamos navegando en un Plusmar, sí). La cara del que quiere saber dónde quedó sentado su viajero amigo y frunce el ceño y busca y busca. Hasta que encuentra y sonríe y saluda revoleando la manito e imagino la otra sonrisa que no veo y sonríe y sonrío también yo como si tuviera algo que ver en todo este asunto.

Y ahí nomás me acuerdo del viaje a Esquel y de la nena que viajaba a unos asientos de distancia y cantaba La gallina turuleca incansablemente. Recuerdo haberme irritado al principio; haberme aflojado enseguida. Me aflojaron dos cosas. Que de repente hubiera eco es una: el nene de atrás había empezado a hacer coros bajitos de la gallina turuleca y me causó ternura el destiempo, el tono, y los huevos que se quintuplicaban. Nunca llegué a verle la cara, pero me lo imaginé chiquito porque se trababa con los números e iba más despacio. Los nenes no tenían nada que ver entre sí, y asumo que la nena, un poco más alejada, ni sabía que tenía coro (pero ahí estaba).

Me aflojó algo más. En el medio del cancionero popular infantil, la nena intercaló una canción inventada que rezaba algo así como qué feliz que estoy, voy a ver a mi abuelito, tarará. Y después nombraba a la abuelita y seguía y así hasta que volvía a la turuleca.

En algún momento entre todas esas canciones, el micro frenó en El Bolsón, una de las paradas intermedias entre Bariloche y Esquel, y vi cómo se paraban ella y su acompañante. Miraban por la ventanilla a medida que el micro se iba poniendo cómodo en la no-terminal y escucho que la nena dice que no los ve. Agrega rápido que seguro ya van a llegar el abuelito y la abuelita. Mientras tanto, ahí estaba, espíando a los que están abajo, buscando yo también, por las dudas. Como si fuera a pararme y decir: mirá, che, ahí están los abuelitos! Nada. Me los quería imaginar. Me quería imaginar al abuelito del Bolsón. Me lo imaginé hippie, obvio. Divertido y relajado o algo de todo eso que me transmitió la nena en su canción. Un hippie de barba larga que abandonó la ciudad para irse a vivir al epicentro patagónico del hippismo.

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Imaginaria casa del imaginario abuelito

Y los veo. Sonríen desde abajo del micro. Lo hacen repentinamente y después del ceño fruncido y la búsqueda. La mujer, de canas y pelo largo, levanta la mano rápido y saluda y desde el micro se repite todo en espejo. El abuelo hace lo mismo. Sigo mirando. No quiero que arranque el micro porque no me puedo ir sin haber visto el final de la película, el abrazo esperado, los créditos, todo. No me importa llegar rápido a Esquel, pero considero absolutamente necesario que Vía Bariloche no me corte el final.

Y al fin. La nena corre hacia los abuelos. En el mismo microsegundo los dos flexionan las rodillas y preparan el cuerpo para el abrazo. Me pregunto a quién saludará primero -no quiero que ninguno quede con pose de abrazo en stand by-. Me la juego por el abuelo. Pero no. Los abarca a los dos, sonríen. Se despegan y de repente la nena agarra su morralcito y la veo revolear el brazo adentro, revolviendo todo, buscando. Está un rato largo así hasta que saca una bolsita de plástico y de la bolsita saca un collar de macramé y se lo da a la abuela. Saca otro y se lo da al abuelo. Se lo ponen, pero ahora el abuelo lo tiene trabado en la cabeza y hace fuerza para que pase. Miro expectante, tiene que entrarle. Dale que lo hizo especialmente para vos. Toda la noche estuvo haciéndolo (?). No tengo ni idea de esto. Pero es así, seguro es así. Casi cruzo los dedos para que el collar artesanal cruce la cabeza hasta que sí, ¡entró! Se lo acomoda y sonríe (nunca dejan de sonreír). Y sonríen todos y sonrío yo también, atrás de la ventanilla, festejando internamente el reencuentro de absolutos desconocidos y el collar que entró en la cabeza del abuelito y la gallina turuleca que ya puso como 25 huevos y Esquel. Hay que seguir a Esquel.

Caen los títulos. Y sigo.

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