El altillo de mi casa

Antes de hablarles del día en que me arrastré religiosamente como una serpiente pecadora, me gustaría contarles algo sobre el altillo de mi casa.
 
altillo
 
En ese entonces, el planisferio era muy lindo, sí. Me gustaba. Pero si había un lugar en el mundo que me desesperaba conocer era ese. Por alguna razón, hasta mis cinco años ese territorio me había sido vedado.
 
Ese día estaba inquieta. Mi papá lo estaba pintando y mi mamá se acababa de ir. Y yo ahí, mirando cómo mi viejo bajaba la escalera de chapa, cargaba el pincel en el balde de pintura blanca y volvía a subir. Una y otra vez. Si hoy me pregunto por qué no dejaba el maldito balde directamente en el piso del altillo, es porque ese simple hecho hubiera alterado toda la historia. En uno de sus tantos descensos desde el cielo altillero a la tierra conocida, me habrá mirado. Habrá visto mis ojos de gato de Shrek pidiendo un favor y habrá pensado que ya era hora. Hoy era el gran día: iba a conocer EL altillo.
 
Me lo imaginaba oscuro, una suerte de sótano mágico como el de las series que miraba en Discovery Kids. O Fox Kids. O Magic Kids. Algún kids era. Siempre había querido tener sótano. Sótano me sonaba a refugio, a lugar de experimentos secretos, a reuniones de amigos, a Fantasma Escritor, a Escalofríos, a niños expladores planeando su próxima aventura. Ya me habían dicho que en casa no había nada parecido a un sótano. Asentí. Pero nunca lo creí. Sabía que existía la posibilidad de que hubiera algún pasadizo secreto que mis viejos no conocieran. Un pasadizo que desembocaría en un subsuelo deshabitado o habitado por arañas. Qué importaba. Tenía que existir. No sé en qué momento me resigné y dejé de buscarlo. Pero lo cierto es que, a partir de entonces,  el altillo se convirtió en un equivalente a diferente altura. Un sótano pegado al techo.
 

Por todo eso es que, cuando mi papá me ofreció subir a conocerlo, a verlo –¡por fin!- cara a cara, subí precipitada. Una vez arriba, no recuerdo lo que sentí. Decepción, quizás. Era –aún es– un espacio ínfimo, bajito, plagado de cunas y corralitos tapados con sábanas y con un olor asfixiante a pintura fresca. Bajé tan rápido como subí. Apoyando un pie en el escalón de abajo, y el otro en el escalón de más abajo y el otro y el otro y el otro. El balde. Ahí apoyé el último pie. Adentro del balde. Con pintura. Blanca. Que cayó sobre el piso de cerámica. Negro. Y recién puesto. No tuve tiempo de ver cómo mi papá se agarró la cabeza y salió corriendo a buscar un trapo al grito de no. No puede ser. Si tu mamá ve esto se muere. No, la pastina, no. Hay que limpiar. Ya, antes de que llegue. Para ese entonces yo ya me había tirado al suelo. Boca abajo y sujetándome las manos por detrás de la espalda. Junté fuerzas y, entre el llanto y la respiración entrecortada, me empecé a arrastrar. Sí. A arrastrar.

 

Soy una serpiente, no merezco caminar.

 

Estaba diciendo esa idiotez cuando mi papá llegó con el trapo. Ayudame, te dije. Qué estás haciendo. Soy una serpiente. Dejá de hacer esa pelotudes. No merezco caminar. Dale, ayudame a limpiar que si llega tu mamá nos mata. Soy una serpiente.

No entendía. Yo me tenía que arrastrar. Lo decía la Biblia. O Magic Kids, qué se yo. La cuestión es que el cocodrilo había pecado y Dios lo había castigado sacándole las patas. Jodido, Dios. El cocodrilo sin patas se había transformado en serpiente. Su condena era arrastrarse por el resto de su vida. Como yo. Que había pisado el balde con pintura y de ahora en más iba a tener que andar con los brazitos atrás. Así, nomás. Sin sótanos ni altillos. Por pecadora.
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