Zaccanopoli: un encuentro con la Calabria de mi bisnona.

A Zaccanopoli lo tuvimos que buscar. No figura entre los destinos imperdibles de Calabria y  no tiene ninguna actividad para hacer. O eso dice TripAdvisor. Tampoco es resistente al ritmo acelerado del turista que quiere todo y ya: la iglesia abierta y el café rápido y la gente en la calle haciendo las cosas que se supone que hace la gente en Italia.

Es, simplemente, un espacio donde a uno no lo esperaban. Donde la iglesia está cerrada con llave y hay que ir hasta la municipalidad para pedir que la abran. Pero donde la municipalidad también está cerrada. Donde vemos a cuatro de los 752 habitantes y los cuatro nos miran fijo. Están sentados uno al lado del otro en un banco al costado de la iglesia y se mantienen callados -acá todo parece callado-. Y así siguen hasta que les preguntamos si conocen a alguien de apellido Mamone. Se miran entre sí.

“Io sono Mamone”, dice uno de ellos. Y se hace una pausa entre sus palabras y el momento en que empieza a armar un árbol genealógico verbal con los demás. Entre los cuatro parecen repasar las relaciones de parentesco de toda la población. Si estuvieran en Argentina, lo harían entre mate y mate, pienso. Los escuchamos atentos aunque entendamos la mitad de lo que dicen.  A Zaccanopoli no vinimos porque queramos ver la iglesia. Vinimos porque acá nació mi bisabuela.

Eso se los explica mi abuelo, interrumpiéndolos en algún momento y en una mezcla de italiano, español y nervios. No recuerdo demasiado de esa conversación. Sólo la repetición de la palabra Mamone, flotando e insistiendo entre otras mil y acompañada de gestos de efusividad de quien quiere ayudar pero a su vez sabe que difícilmente resuelva algo. La solución parece ser sólo una: ir a la municipalidad. Pero la municipalidad está cerrada y sólo tenemos esa tarde ahí. Sabemos que va a ser un misterio sin resolver, pero nos empuja una suerte de resignación colectiva que se niega a sí misma entre hipótesis donde casi todos aportamos (o creemos que aportamos) algo.

Calles de Zaccanopoli, pueblo de Calabria, Italia.

Rincones de Zaccanopoli, pueblo calabrés.

A Zaccanopoli se llega subiendo una colina desde Tropea, uno de los destinos más turísticos de Calabria. Desde ahí puede verse el azul insistente del mar Mediterráneo y las pocas casas de la colina, que se acercan a lo largo de los quince minutos que dura el trayecto y donde se atraviesa otro pueblo, Fitili. Nos lleva un conductor que vive en Tropea. Nos cuenta que por acá no vive mucha gente, que falta trabajo. Que los jóvenes migran a las ciudades porque la única salida laboral del pueblo es la de ser contadini, y no alcanza. Dice contadini y yo pienso en contadores y me pregunto por qué Zaccanopoli necesitará pura y exclusivamente contadores en su tierra. Mi cabeza vuelve a mi secundario comercial y me imagino a toda la población haciendo balances, libros mayores, libros diarios. Calculadora y facturas A, B y C en mano. Pero no. Contadini es un falso amico, como decía mi profesora de italiano para referirse a las palabras que suenan similares entre el español y el italiano, pero tienen significados totalmente diferentes. Contadini es el que trabaja la tierra.

Cartel que dice "Benvenuti nel comune di Zaccanopoli"

Vistas desde el camino de Tropea a Zaccanopoli
Vistas desde el camino de Tropea a Zaccanopoli

Esa tierra que estamos subiendo desde Tropea en auto y que me recuerda a alguna anécdota de mi abuelo en la que me contaba que ese camino su mamá lo hacía caminando. Y no en un trekking o excursión de aventura sino simplemente porque en Tropea es donde conseguían las cosas. Me pregunto cómo. Pienso en lo agotador de bajar y subir esta colina todas las semanas. Pienso, ahora, en lo profundamente urbana (y sedentaria) que soy. Benvenuti nel comune di Zaccanopoli, dice un cartel en el ingreso del pueblo que interrumpe todos mis pensamientos de trekking y estados contables.

El conductor nos pasea un rato por las calles de Zaccanopoli. Hay paredes grises, ladrillos expuestos, puertas cerradas. No hay ropa colgada en las ventanas. No hay personas en las puertas de las casas. No hay personas. Hasta que nos cruzamos con los cuatro señores que nos ayudan a reconstruir el árbol genealógico del pueblo. Es ahí recién cuando bajamos del auto y casi todos participamos de la conversación. Digo “casi todos” porque seguir la conversación cuesta. La mirada se va fácil hacia las esquinas, las calles, la fuente. A la pintada del Che Guevara que hay arriba de una puerta. A veces siento que la mirada se mueve mejor allí donde no hubo expectativas previas. Donde no hubo imágenes de revistas, publicidades o videos de Youtube que nos anticiparan qué y cómo mirar. 

Fuente de agua en Zaccanopoli, Calabria, Italia

Calles de Zaccanopoli, Calabria, Italia

Mi mamá está mirando una fuente de agua, no recuerdo donde están mis hermanos. Sí recuerdo que mi papá y mis abuelos se mantienen en la conversación. La única conversación al aire libre de todo Zaccanopoli. Yo opto por alejarme media cuadra por cada una de las calles que se abren desde la iglesia, desde la Piazza Papa Giovanni Paolo. Hago una especie de cruz de recorrido, donde la iglesia es, oportunamente, el centro. Lo hago porque soy indecisa y ansiosa y quiero recorrer y escuchar al mismo tiempo, y a media cuadra todavía puedo escucharlos. Mamone, municipalidad, Mamone.

La conversación dura un rato, a pesar del idioma y de la imposibilidad de resolver el misterio genealógico. Nos sacamos una foto, nos vamos. Miro las fotos hoy, nueve años después. En la foto sonreímos todos menos mi nono, que se ve emocionado. Me pregunto si estaba frustrado, por no haber encontrado la información que buscaba, o emocionado por el recuerdo de su mamá, por conocer su tierra. No recuerdo que hayamos hablado mucho sobre qué sintió cuando estuvo en Zaccanopoli -y, por algún motivo, no me animo a preguntarle-.

Llegamos sin saber mucho y nos fuimos sin saber mucho. Y aún así, Zaccanopoli nos dejó a todos un sabor distinto. Y la certeza de que existen al menos unos mil Mamone.

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