De la Tierra

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Siempre dije que era una ciudadana del mundo. Miento. Fue a partir de los 4 (o de los 7, o de los 11). Cuando me preguntaban de dónde era, yo insistía en establecer una lista de prioridades un tanto diferentes de las que todo el mundo daba (y da) por ciertas (y coherentes).

Anto, vos sos argentina. No, yo soy del mundo. Que no, que sos argentina, naciste acá. No, no, no. El planisferio viene así, e insistía de nuevo: 1. Mundo (y me imagino figurándome un punto rojo a lo “usted está aquí” que tapa todo el mapa división política número 3); 2. América; 3. Argentina; 4. Buenos Aires. Con lo que sí, eventualmente era argentina. Pero sólo eventualmente. Lo primordial era (es) el planisferio.

Sinceramente no recuerdo el por qué de mi convicción infantil. Y, mientras escribo “infantil”, me doy cuenta de la connotación negativa que conlleva al lado de la palabra “convicción”. Como si no valiera. ¿Habré incorporado ya esa mente adulta con sus representaciones de lo que cuenta (y lo que no) en el mundo real? ¿Habré incorporado ya ese mapa división (!) política número 3 con sus líneas represoras? Me gusta pensar que no.

Desconozco si a mi idea inicial le correspondía una suerte de hippieutopía de fraternidad mundial y sin fronteras. Probablemente sea mucho creer que así fue. Pero, aún así…Me gusta la idea de la existencia de esa convicción infantil. Me gusta, también, pensar que es probable que se haya transformado en una convicción peterpanesca (a la que le piden que crezca y se niega una y otra vez). No, no, no. A mí déjenme ser una hippieutopía y creer que las líneas del mapa, honestamente, estorban. O que quizás no sean ellas la que lo hagan sino el fervor que despiertan en su arbitrariedad (o, mejor dicho, en la naturalización de su arbitrariedad).

Como sea. Un día (de mis 4, 7 u 11) me encontró leyendo una revista. Y ahí estoy, con una Magic Kids o Chiquititas entre las manos, mirando un recuadro que agrupa en pocas palabras todo lo que tenés que saber sobre tu ídolo de turno. Ahí, casi pasando desapercibido entre la catarata de datos poco relevantes -primer nombre, apellido, edad-, un sueño. “Un sueño:”. Los dos puntos le abrían paso a “viajar por el mundo”. Ignoro completamente quién había dado esa respuesta. Lo que sí recuerdo es haberme detenido en esas palabras. Como si hubiera descubierto algo. ¿Qué pasaría si fuera mi cara la que estuviera en ese recuadro? Despejaría todos los datos fríos, pero ese…ese se mantendría intacto. Viajar por el mundo.

Y lo escribo hoy (cuando tardé tanto, tanto en hacerlo). Hoy. Hoy, porque estoy en un avión viajando a Londres para hacer conexión con Roma. Y creo yo que hasta que nadie me pellizque frente al Coliseo y me pregunte la hora enfrente del Big Ben…hasta que nadie haga eso, no voy a creerlo. Hasta que la gente deje de responderme “hola” y “chau” y sus voces sean un murmullo apenas inteligible. Hasta que no entienda los carteles de la calle ni las direcciones. Hasta que no procese que no hay Guía T para salvarme. Hasta que todo lo que me rodee no sea absolutamente un rompecabezas. Un juego. Sin connotaciones negativas; pura convicción -diversión- infantil. Simplemente no voy a creerlo.


La primer foto que ilustra este post se ha publicado bajo licencia Creative Commons en el Flickr del usuario Marcos Esperón.

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